martes, 23 de mayo de 2017

Relato - Amor feérico

El druida Enol, en su juventud, tenía tanto potencial que llamó la atención de una elfa pese a ser un simple mortal y esta se enamoró del joven aprendiz de mago. Al principio se contentaba con acompañarlo y observarlo y Enol notaba la sensación de que un ser sobrenatural estaba cerca de él, pero también percibía una gran calma y supo sin duda que se trataba de un ser benéfico. La elfa pronto comenzó a ayudarle con sus estudios, inspirándole y susurrándole en sueños las respuestas de los grandes interrogantes que Enol se hacía sobre el cosmos, hasta que al final llegó a ser ordenado druida.
La elfa empezó a visitarle en sueños, donde tomaba el aspecto de una mujer de exuberante belleza. Enol era consciente de que aquella criatura con la que soñaba no era humana y se empezó a enamorar de ella. Un amor imposible, entre un humano y un ser de luz, pero ambos se buscaban día y noche. Cada día Enol profundizaba más y más en las meditaciones, tratando de alcanzar el éxtasis, de llegar a un estado alterado de consciencia en el que los seres feéricos son visibles, al menos para los druidas. Ella estaba a su lado y le guiaba, le inspiraba en su trabajo, le revelaba grandes secretos que pocos humanos saben, hasta que Enol fue creciendo y convirtiéndose poco a poco en el druida más poderoso que jamás pisase la Tierra. Por las noches, era ella la que lo visitaba, cada día iba a verlo en sueños y le hablaba, le susurraba hermosas palabras al oído. Enol sólo escuchaba música de sus labios, una música hermosísima, una armonía tan perfecta que ningún humano sería capaz de haberla compuesto jamás o tan siquiera de reproducirla, sólo a duras penas podía escucharla. La lengua élfica, demasiado pura, era imposible de ser entendida por un humano, aunque fuese druida, por lo que la elfa le hablaba usando el lenguaje musical más bello que jamás un mortal haya podido escuchar, aunque para ella era un lenguaje similar al que una madre utiliza con un niño pequeño que aún no sabe hablar.
Enol empezó, poco a poco, a aprender a entender el lenguaje musical en el que le hablaba su elfa. Al principio simplemente quedaba anonadado por su belleza, pero con el tiempo empezó a entender qué le quería decir y se afanó en perfeccionar su canto para poder responderle. Enol llegó a tener una voz prodigiosa, mejor que la de cualquier bardo o trovador que las gentes de su comarca hubiesen conocido nunca, aunque para su elfa ese bello canto sonaba como los torpes balbuceos de un niño que aprende a hablar y se enternecía con ello.
Pasaron los años y Enol alcanzó más sabiduría que ningún otro hombre, sus conocimientos de magia, de filosofía, su conocimiento de la naturaleza… Enol se convirtió en un líder querido y respetado por todos, porque su elfa guiaba sus pasos. Fue perfeccionando más y más sus conocimientos sobre la música, ese bendito lenguaje que le permitía entender a su elfa. En una larga conversación, le preguntó a la elfa por los dioses y la forma de acceder a ellos y ella le dijo que existía un lenguaje aún más puro que la música que estaba al alcance de los humanos, un lenguaje tan abstracto y elevado que ni siquiera podían escuchar su sonido como la música, sólo representarlo por escrito. Ese lenguaje eran las matemáticas, en especial la geometría sagrada, presente en toda la naturaleza. Enol pasaba el día entero estudiando, meditando, aprendiendo y bebiendo del conocimiento que su elfa le brindaba. Llevaba años y años sin gozar con una mujer, desde antes de ordenarse druida, cuando sólo era un jovenzuelo; pero el placer que sentía con todo el conocimiento que tenía no podía compararse a ningún otro placer carnal.
Un buen día Enol decidió hacer un retiro al bosque y una vez allí meditó día y noche durante semanas. Estaba en un estado de calma y paz espiritual tal que no sentía necesidad de nada, no sentía hambre ni frío, en un estado entre el sueño y la vigilia en el que podía ver con claridad, dejando casi de sentir el cuerpo, hasta que finalmente lo consiguió. Consiguió lo que muy pocas personas pueden, lo que ni los más altos sacerdotes, magos o sabios suelen conseguir: trascender en vida. Enol trascendió de nuestro plano de la realidad a un plano superior, en el que los colores eran mucho más vivos, en el que de hecho había colores que no conocía, que el ojo humano no puede distinguir. Todo parecía tener más cuerpo, más presencia, como si además de las tres dimensiones habituales hubiese alguna más.
Notó la extraña sensación de no sentirse corpóreo por primera vez, como si fuese todo pensamiento, todo voluntad, todo inteligencia. Miró sin mirar, pues ya no miraba con la vista humana, hacia abajo y vio su cuerpo dormido, apacible y calmado. Sintió miedo, incluso un primer impulso de volver, pero en ese momento escuchó una música lejana. Una música muy familiar y, casi instintivamente, torpeando al principio pues no sabía desenvolverse en esta forma de existir, siguió aquella música a la velocidad del pensamiento. En una fracción de segundo se vio muy por encima de la Tierra, del Sol y de las estrellas, elevándose por el espacio a millones de kilómetros de distancia, siguiendo aquella hermosa música. Cuando quiso acordar, estaba más allá de los límites del Universo, su percepción sensorial dejó definitivamente de funcionar. Ya no estaba en el mundo físico. Un fogonazo de luz radiante, más pura que la de la estrella más brillante, le inundó de golpe.
Estaba en medio de esa radiante luz, tan blanca que no se distinguía forma o color alguno, pero notaba miríadas de presencias junto a él. Notaba como miles de seres lo observaban de alguna manera, aunque no con los sentidos. Podía escuchar un rumor angelical, como millones de voces hablando juntas, pero formando extrañamente una armonía entre todas ellas, vibrando a una frecuencia tan alta que no se podía comparar a ningún sonido humano que jamás hubiese escuchado nunca. Una melodía tan hermosa, tan inconmensurablemente bella, que no podía ni siquiera compararse con sonido alguno producido por el hombre, por el más talentoso de los bardos o el más virtuoso de los músicos. En ese momento, notó una presencia bien conocida por él acercándose.
Ya era hora de que vinieses a verme —le susurró una voz melodiosa con el mismo tono musical con el que su elfa le había hablado tantas veces en sueños, pero esta vez sí que la entendía perfectamente.
¿Quién eres? —acertó Enol a preguntar.
Me llamo Anathal.
¿Qué es este lugar?
Estás en el Reino de los Elfos.
Enol había estudiado las viejas leyendas, se le venían millones de preguntas a la cabeza, miles de cosas que le gustaría preguntar, pero balbuceaba, entendía a su elfa, pero no era capaz de responderle, no era capaz de articular palabra en la hermosísima lengua élfica. Así es que se limitó a repetir una dulce estrofa musical que Anathal le repetía muy a menudo en sus sueños y cuyo significado, debido a la inmensísima paz y felicidad que le producía escucharla, había deducido el sabio druida.
Yo también te amo —respondió de manera cándida Anathal.
Te… te diría tantas cosas… —dijo torpemente Enol.
Lo sé… pero es hora de regresar— respondió Anathal pesarosa.
Enol sintió como aquella presencia se alejaba y de pronto comenzó a sentirse muy cansado, recordó por un momento la Tierra y en un suspiro, de nuevo a la velocidad del pensamiento, estaba de nuevo en nuestro mundo, frente a su cuerpo, sintiendo una atracción tremenda hacia él, hasta volver a fundirse con su carne y despertarse súbitamente. El viaje hasta aquel remoto lugar y la conversación con Anathal habían durado un tiempo que apenas le habían parecido unos minutos, pero Enol sabía muy bien que el tiempo de los elfos, el evo, es un tipo de tiempo diferente al tiempo humano. Cuando despertó estaba casi deshidratado, desnutrido, muy débil. Como pudo emergió del bosque hasta que unos leñadores lo vieron y le dieron auxilio. Al regresar al pueblo, sus vecinos quedaron horrorizados por el mal estado en el que estaba pero se regocijaron al volver a verlo, pues llevaba varios meses fuera y lo ha habían dado por muerto.
Aquella noche volvió a soñar con Anathal y trató de preguntarle muchas cosas, la elfa le respondió con dulzura, le dijo que había obtenido el gran premio, reservado a muy pocos mortales, de ver el Reino de los Elfos en vida, pero que no debía volver, pues ya había visto lo peligroso que era. Sin embargo Enol estaba obsesionado, quería volver a hablar con Anathal, volver a sentirla, pues verla era imposible. Pasó los días llorando de pena, echando de menos a su elfa, deseando que llegase la noche para dormir y volver a verla y no queriendo despertar nunca, pues los rayos del Sol, cruelmente se la arrebataban cada mañana. Anathal sufría al verlo así, las melodías que emanaban de sus labios, igualmente hermosas, comenzaron a ser más y más tristes, como una balada fúnebre.
Enol comprendió que a su amada le entristecía verlo así y trató de encontrar una solución para poder volver a hablar con ella. Hablo con Xertrudes, la suma sacerdotisa de Ataecina, y le contó lo sucedido. Su vieja amiga escuchó asombrada el relato de Enol y, bendecida como estaba por la segunda visión, le dijo que ella podía ver a su elfa, con el aspecto que adoptaba para ser vista por los humanos, naturalmente, pero que podía verla y que no se separaba de él ni un solo segundo. Xertrudes se llevó a Enol a una cueva perdida en la que las sacerdotisas de Ataecina llevaban a cabo sus rituales de iniciación y allí, después de concentrarse, entró en trance chamánico y fue poseída por Anathal.
Ahora soy yo la que viene a verte, querido.
Te he echado tanto de menos, te diría tantas cosas, te preguntaría tanto… —respondió con lágrimas en los ojos Enol.
Lo sé, cariño. Pero debes entender que una relación entre un humano y un individuo de mi especie es imposible. Ya lo has visto, una pequeña conversación en el Reino de los Elfos y casi mueres al regresar, después de que hubieran pasado meses en tu mundo.
¿No podrías tú venir a mi mundo? —preguntó Enol.
Dijiste que me amabas ¿no es así? —dijo Anathal.
Con todo mi corazón —respondió el druida.
Pues entonces no me pidas que venga a tu mundo, ya has visto cómo es el mío… ¿de verdad quisieras retenerme aquí?
Pensaba que tú también me amabas… —respondió decepcionado Enol.
Te amo, te amo de una forma mucho más pura de lo que los humanos jamás podríais llegar a entender el amor, porque no deseo poseerte, deseo hacerte todo el bien que esté en mi mano —dijo la elfa.
Quiero hacerte el amor, Anathal —dijo finalmente Enol, dejándose llevar por un deseo abrumador.
No podemos tener sexo, Enol. Soy un ser de luz, incorpóreo y tú eres un mortal —razonó la elfa.
No he dicho tener sexo, he dicho hacer el amor —replicó el druida.
Entiendo… podríamos hacerlo Enol, pero no debemos —contestó Anathal.
¿Cómo podríamos?
No podríamos en este mundo. Si me manifestase en mi verdadero ser verías un ser de una belleza tan extraordinaria que tus ojos no lo soportarían y quedarías ciego. Imagina mirar directamente al Sol, pues el Sol es la luz de los elfos —dijo Anathal.
Puedo taparme los ojos y no verte, sólo sentirte, con eso me basta —suplicó Enol.
Aunque así fuese, sentirías un placer tal que probablemente morirías antes de llegar al orgasmo. Tu sistema nervioso no lo soportaría. Los humanos, cuando morís, liberáis una gran cantidad de energía. El momento último de morir sentís una sensación de placer inmenso comparable a un orgasmo multiplicado por diez. Bien, esa sensación que en tu especie sólo se siente en el momento de la muerte, ese placer inimaginable, sería lo que sentirías cuando yo, sin tocarte, te hiciese la primera caricia. Sería imposible que lo soportases —respondió la elfa.
He oído historias sobre la hierogamia, el matrimonio entre un dios y una mortal. Si hasta los dioses pueden yacer con mortales, ¿por qué los elfos no? —trató de razonar Enol.
Eso ocurre en muy raras ocasiones, la mayoría de las veces los dioses se encarnan en forma de avatar o bien dejan su simiente en el vientre de la mortal sin unión sexual, pero sólo los dioses pueden obrar tal prodigio —le contestó Anathal.
Sin embargo dijiste que hay una manera de que hagamos el amor, aunque no debemos —siguió el druida, que no renunciaba a tomar a su amada aun a riesgo de su propia vida.
En mi mundo podríamos, sentirías una sensación que no te puedo explicar en ninguna lengua humana, una sensación tal que haría que no volvieses a disfrutar del sexo con una mujer nunca más, después de haber sentido eso —dijo la elfa.
No me importa, soy tuyo Anathal, me entrego a ti, ahora y para siempre —respondió apasionado el druida.
No eres mío, Enol, ni quiero que lo seas, porque si fueses mi siervo no serías feliz. Pero además, si en una pequeña conversación en el Reino de los Elfos pasaron meses en tu mundo, imagina el tiempo que transcurriría si hacemos el amor. Años o tal vez siglos. No sobrevivirías y en el caso de que lo hicieses, es un tiempo que no puedes permitirte perder, porque tu destino es convertirte con mi ayuda en el druida más poderoso que jamás haya existido.
No puedo ser feliz sin ti, Anathal —respondió entre lágrimas Enol.
Puedes y lo serás, yo te estaré cuidando y protegiendo siempre y cuando llegue tu momento, cuando tu misión en la Tierra haya terminado, te estaré esperando, entonces sí podremos estar juntos, pero no antes —respondió Anathal.
No me imagino una vida sin ti, ya no… es cruel haberme enseñado tu mundo y ahora dejarme así —le reprochó Enol.
Los elfos desconocemos la crueldad, así es que si lo he hecho, ten por seguro que ha sido por amor y que tu dicha y tu gozo serán mayores de lo que puedas llegar a soñar, tanto en tu vida de mortal como después —respondió la elfa.
Yo… no sé qué decir —dijo finalmente Enol.
Dijiste que me amabas, ¿no es así? —preguntó Anathal.
Con toda mi alma
Entonces he de pedirte una prueba de amor, sólo una —dijo la elfa.
¿Cuál? Haré lo que sea
Déjame marchar. Si realmente me amas, déjame ir. De ese modo demostrarás que me amas de verdad, que me amas de una manera pura, de una manera similar a como amamos los elfos, no quieras poseerme, no quieras retenerme, no quieras ser mi dueño. Eso, que los humanos llamáis amor, no lo es realmente —respondió Anathal.
Te he dado mi palabra de que haría lo que fuese —respondió sollozando Enol, comprendiendo que dejarla marchar era lo único que debía hacer a pesar del profundo dolor que sentía.
Sé que mi marcha te romperá el corazón, pero has de vivir, has de ser feliz, pues viéndote así sufro por ti —dijo Anathal.
Así lo haré, amor mío.
Al decir eso, Xertrudes, poseída por Anathal, se levantó y besó en los labios de manera apasionada a Enol. Al hacerlo el trance chamánico se rompió y Xertrudes despertó, atónita por lo que había sucedido. Enol sintió un sabor más dulce que la miel en sus labios y una alegría inmensa, como si aquel beso hubiese borrado de un plumazo todos sus pesares. El beso de Anathal no podía compararse ni por asomo al beso de ninguna otra mujer, fue una sensación de paz, de amor indescriptible, que llenó el alma del druida por completo.
Desde ese día Anathal dejó de visitar en sueños a Enol, le dejó seguir con su vida, le dejó crecer y aprender por sí mismo, pero siempre a su lado, inspirándole, protegiéndole, cuidándolo. Enol sabía que Anathal estaba cerca y era feliz, recordaba aquel beso y siempre le dibujaba una sonrisa. Desde aquel día Enol, ya de por sí sabio como todos los druidas, se dirigió con un equilibrio y una tranquilidad en todas las situaciones, por tensas o difíciles que estas fuesen, que asombraba a todos los que lo conocían.
Aquel beso había sellado para siempre su destino. Por eso, desde aquel día, no volvió nunca más a besar a una mujer en los labios, pues no quería que ninguna pudiese borrar el beso de Anathal. Aunque en el fondo sabía que aquel beso no estaba en sus labios, estaba en su corazón, de donde nadie podría borrarlo jamás. 

jueves, 6 de abril de 2017

Relato - Buscando a la diosa

Todo en la vida es una cuestión de vibraciones. Nos acercamos a personas que vibran en nuestra misma frecuencia y nos alejamos de aquellas que vibran en una frecuencia diferente. Existen energías que fluyen en nosotros y en todo lo que existe, energías preexistentes a la propia creación del cosmos, energías que torpemente tratamos de identificar pues el conocimiento de los antiguos chamanes, acumulado durante miles de años, se perdió en el olvido y sólo conocemos la punta del iceberg de lo que sabían nuestros ancestros. Hay una Ley Primordial que lo rige todo, todo sucede por algo, aunque no seamos capaces de entender el porqué.
Existen seres luminosos, libres de nuestras bajas pasiones e instintos destructivos, que nos impulsan a crecer y nos llevan a alcanzar niveles más elevados de consciencia. Seres que viven en un plano diferente al nuestro, en otro mundo, o como diría la ciencia moderna, otra dimensión. Pero también hay seres que se nutren de nuestros miedos, de nuestro odio, de nuestra inseguridad, de nuestras bajas pasiones, nuestra crueldad… esos seres que han sido llamados demonios, elfos negros, hadas negras, dioses reptiles, seres del bajo astral… no quieren que nos elevemos espiritualmente, sino todo lo contrario, para ellos somos únicamente su fuente de alimento. El mundo está como está porque esa entidad a la que muchos llaman Dios, no es realmente un dios benevolente, sino un demonio mesopotámico de la destrucción, que adopta diferentes máscaras para engañar a la gente. Muchos le sirven, ese ente demoniaco también está detrás del totalitarismo, de las epidemias… del sufrimiento, en definitiva. Por eso todo nos incita a estar siempre enfadados, desesperados, temerosos… pues se nutre de todas esas energías negativas.
Pero esa batalla cósmica no sólo se da a un nivel elevado que no comprendemos, se da dentro de nosotros. Los dioses, los Altos Poderes, están en nosotros mismos, igual que los espíritus salvajes, los devoradores o como quieras llamarlos, no son otra cosa que nuestros propios demonios. Alimentando a unos u a otros, les damos más poder para que gobiernen nuestra vida. Diferentes maestros espirituales a lo largo del tiempo han tratado de ayudar a la humanidad, en ocasiones esos Altos Poderes se han encarnado en el mundo físico, han tomado la forma de un avatar para indicarnos el camino, pero no siempre han sido comprendidos y en última instancia, somos nosotros mismos los que debemos descubrir el poder que tenemos en nuestro interior… y los que debemos aprender a domar a nuestros demonios.
Ahora mismo tus demonios son fuertes, tu miedo, tus inseguridades, tu tristeza… les ha dado un poder tal que han sido capaces de hundirte y casi te matan. Cuando te encaminas hacia la autodestrucción crees que es un acto que haces desde tu propia libertad, pero no es cierto. Son esos elfos negros los que te impulsan, los que se han hecho con el control de tu vida y quieren aniquilarla. Se han ido apoderando de tu energía y te han llevado al límite, ahora crees que nada tiene sentido, no ves salida… y ellos te tientan, te ofrecieron una salida falsa que tú, presa del miedo y la confusión, optaste por coger. Sin embargo no lograron su objetivo, has vuelto del Inframundo, has visto el Reino de los Muertos y has regresado. Pocos tienen esa suerte, ¡aprovecha esta oportunidad para vencerles!
Ahora mismo no ves la luz, piensas que tus problemas no tienen solución, piensas que la vida es una condena, un duro castigo que tienes que soportar… pero lo cierto es que la oscuridad no es mala, es algo necesario. Si no existiese la oscuridad,la luz nos abrasaría. La oscuridad es necesaria para buscar en nuestro interior y descubrir aquello de nosotros que no sabíamos que teníamos. No me refiero a los miedos, esos los conoces, puedes afrontarlos o no, pero los conoces. Me refiero a cualidades, buenas o malas, que hay dentro de ti y que desconocías por completo. Esas cosas nunca aparecen en épocas de luz, siempre se dejan ver en la oscuridad, si eres capaz de buscarlas. Ahora mismo no le ves solución a nada, de acuerdo, aceptemos que ahora mismo no tienes la clave, sencillamente siéntate y deja pasar el tiempo. La vida puede dar un giro de 180º de un día para otro, de un segundo para otro. No digamos ya lo que puede cambiarte la vida en un mes o en un año. Cuando menos te lo esperes algo puede cambiarlo todo y no es algo que tú controles, ten paciencia y espera.
Mientras esperas conócete a ti misma, busca en tu interior, en lo más profundo ¿qué tienes que perder? Nuestro mundo, el mundo de los vivos, es el único lugar donde la evolución física y espiritual es posible y sólo disponemos de un tiempo limitado para ello. Si escapas de los problemas o no sabes afrontarlos, todo es cíclico, volverás a tener que enfrentarte a situaciones parecidas una y otra vez, hasta que consigas vencer. Si escapas, si tomas un atajo, solo estarás engañándote a ti misma, pero no puedes engañar al cosmos. Volverás una y otra vez al mismo punto, hasta que lo superes. Es como un videojuego, no hay trucos ni forma alguna de pasar al siguiente nivel sino superas antes el nivel en el que estás. Dejar de jugar no es una opción, pues la vida y la muerte también son un ciclo y volverás a renacer y a enfrentarte a lo mismo una y otra vez.
Sé que te sientes débil, y ciertamente lo estás. Esos elfos negros, esos demonios, se han apoderado de toda tu energía, has estado a punto de morir. Pero eres más fuerte de lo que piensas, dentro de ti no solo están los demonios que hoy gobiernan tu vida. Tienes una diosa dentro, una diosa que ahora mismo está maltratada y arrodillada, pero no vencida. Es una diosa guerrera, está atrapada, esperando a que la liberes. Busca a la diosa, deja que su poder te envuelva, aprende de ella, cuídala y trátala con cariño. Te aseguro que si lo haces ella se levantará con una rabia y una fuerza que no puedes ni siquiera imaginarte, con un poder que no sabías que tenías… pero que te aseguro que tienes. La diosa se alzará y aplastará a tus demonios.
La vida no es una carga pesada, lo que pasa es que nos empeñamos en complicárnosla más de la cuenta. La vida es buena y debe ser vivida con entusiasmo y alegría. Has vuelto de entre los muertos, aprovecha la sabiduría que has aprendido en el otro lado. Está claro que no le tienes miedo a la muerte ¿por qué le tienes entonces miedo a la vida? Piensa en lo fuerte que es esa diosa que tienes dentro de ti, que incluso de rodillas, incluso golpeada y humillada, ha sido capaz de salvarte. Imagina lo que sería capaz de hacer si tan sólo la alimentases un poco. Busca a la diosa y no te rindas, porque no estás sola en esta guerra.

martes, 4 de abril de 2017

Relato - Candyvoice parte 1

—Ulises, ¡5 minutos!
—Va, cierra la puerta al salir y… ¡Vic! Gracias por darnos esta oportunidad.
—Tú asegúrate de dar un buen espectáculo y quizás no sea el último que deis con nosotros —señaló Victoria.
Una vez salió de la habitación, Victoria dejó la puerta entornada.
«Joder, ¿qué parte no se entiende de “cerrar la puñetera puerta al salir”? Bien, Ulises. No pasa nada, céntrate. Es tu primera vez con Revenge of The Tubby Custard Machine, pero no eres nuevo en esto. Sal ahí y canta cómo si fuese el último día de tu vida».
Un familiar subidón de adrenalina se apoderó de Ulises mientras subía al escenario. Un silencio sepulcral imperaba en la sala. La calma que precede a la batalla.
El tañido de los platillos, quedó ensordecido por los clamores de un enfurecido público. Los amplificadores rugían como las bestias en un coliseo.
Como una exhalación, Ulises entró en la contienda.
—¡BUENAS NOCHES, MÁLAGA! ¡SOMOS REVENGE OF THE TUBBY CUSTARD, Y VAMOS A ECHAR EL GARITO ABAJO!

—Eso es, cargad esa preciosidad con cuidado. Ulises, aseguraos de que esté todo. Nosotros nos hacemos responsables de los robos, no de las pérdidas.
—El ampli de Panda lo tienen que venir a recoger, el resto va en la furgo.
—Va, pues toma. Los 100 euros pactados y otros 12 de gasolina. Buen bolo, chicos. Estamos en contacto.
—Gracias. ¡Por cierto, Vic! Los chicos dicen de pillar unas cervezas y de irse al puerto a celebrar el éxito de hoy. Te… —Ulises tragó saliva—. ¿Te quieres venir?
—Te lo agradezco, chico, pero me van más mayores. No obstante, si algún día decido visitar la guardería te avisaré —dijo Victoria guiñando un ojo.
De repente, una de las puertas laterales de la furgoneta se deslizó. Desde dentro, una voz profundamente nasal bramó:
—Ulises, vamos, que son las 1:45 y para las 2:30 cierra Hakim la tienda.
—Ya voy, Manu. Id encendiendo el motor.
La puerta lateral de la furgoneta volvió a cerrarse. Con un candente rubor tiñendo su rostro, Ulises se volvió hacia Victoria.
—V-va, seguimos en contacto pues —señaló Ulises entre balbuceos.

Una vez se despidieron del resto de la banda, los hermanos Von Krieg se dirigían a casa. Situado en el asiento del copiloto, con aire taciturno, Ulises contemplaba la rapidez con la que se sucedían los elementos del paisaje. Un paisaje compuesto por chiringuitos y arena, escena que, ya fuese por el gran parecido entre sí de las numerosas terrazas que colindaban con la playa, o por el hecho de haber tomado unas cuántas cervezas de más, parecía repetirse. Una ligera sensación de mareo a la que no dio importancia comenzó a acuciarlo.
—Uli, no te he dicho nada pero, oye, hoy te has portado.
—Gracias. Igualmente, Gus, y no te rayes por lo de la púa, ¿va? Tocando tan rápido es normal que alguna vez se os escape.
—Hombre, el bolo ya está dado. Ya por mucho que me caliente la cabeza… no puedo hacer nada.
—Claro, tío. Además, eres bajista. Tú no te preocupes si no se te oye.
—Serás mamón…
Gustavo subió la capucha de Ulises y se la puso por encima de la cara. Ambos rieron a carcajadas.
Al cabo de un rato, la ligera sensación de mareo dio paso a unas imperiosas ganas de regurgitar.
—Gustavo, no me encuentro bien —imploró Ulises—. Creo que voy a vomitar.
—¿Puedes aguantar hasta que lleguemos a casa? —preguntó Gustavo inquisitivo—. Ya queda poco.
—No lo sé.
—Pero hombre, haber dicho algo antes.
—Ya, pero es que antes si me encontraba bien.
Gustavo aceleró. Tomó la curva rápido, demasiado rápido. Gustavo frenó. La furgoneta perdió el control, rompió el borde del quitamiedos. La furgoneta se precipitó al vacío.

jueves, 23 de marzo de 2017

Poesía - Palabra a palabra

En un tranvía mi alma marcha.
Palabra a palabra
como canción de duende
en los prados salvajes
como ecos de estigma.

Encuéntrame,
pues ardo en mis cavernas,
dichosa toda ella,
si tu mano me alcanza.

Estoy atenta,
escucho
la respiración del viento
y sus notas me traen recuerdos
que un día alcanzaré a olvidar.

No hay nadie aquí.
Di buenas noches, pequeña herida,
y cuando despierte vuelve a sangrar
pues quiero ubicar mi vida
en las costras que me dejas
o en los silencios de mis quejas.

Dolor eterno, un sopor siento fuera
vientre, casa, escuela y muerte.

Te agotas con tus sueños arriba
y tu materia gris dormida.
Que dios te ampare, joven niña,
apenas te queda nadie.
Respira.

Bostezando la mujer
apagó la televisión y sus fantasmas
antes de dormirse
dejaron de brillar entre sombras.

Que el cielo no te engañe,
eres tiempo que ha de pasar
primero aquí, después allá.
Espacio, olvido y libertad.

martes, 21 de marzo de 2017

Relato - El gran colapso Parte 3

Jaén. Sábado, 17 de marzo de 2035

            Son las 5:00, las nubes cubren la luna y las estrellas. Es noche cerrada. En medio de la oscuridad de la noche en un piño de Peñamefecit, Luis Rodríguez revisa su mochila y se asegura de que lleva todo lo necesario. Por un momento duda, mira la pared, en la que hay colgada una bandera española roja y gualda, deshilachada por el viento y el uso, la misma bandera que llevó durante meses en la Sierra de Cazorla, atada al cuello. La misma bandera con la que entró en la ciudad hace unos meses. No puede creer que, después de años de guerra y penurias, tenga que marcharse ahora, justo cuando han entrado “los suyos” en la ciudad.
Cuando toda esta locura empezó él se refugió en el monte, en un viejo cortijo abandonado de la Sierra de Cazorla. Allí había instalado un pequeño huerto e incluso tenía un cultivo de algas por si alguna de las múltiples facciones se hacía con armamento nuclear y la tierra se volvía radiactiva. Era autosuficiente, tenía paneles solares y energía hidroeléctrica para que funcionara su hogar. Con sus conocimientos de herboristería había podido hacerse una farmacopea adecuada para casi todas las dolencias comunes y había tenido la fortuna de no caer presa de ninguna enfermedad grave. Unas cuantas gallinas y un perro que las vigilaba le proporcionaban alimento y la caza, las setas comestibles que conocía bien y las frutas del bosque mediterráneo complementaban su dieta. Armado con su vieja escopeta de caza y con un Land Rover con el depósito listo por si había que huir, nada tenía que temer él de los rojos o de los moros. Sin embargo al conocer las atrocidades que se habían producido en Jaén, algo removió su conciencia y se unió a la guerrilla nacionalista.
Cuando Jaén fue liberada sintió una alegría tremenda. Él estaba en una de las compañías que con más valentía se batió contra los moros. La batalla fue dura y muchos de sus camaradas perdieron la vida. Gente muy aguerrida y bregada en combate, como el mítico Hernán Pérez, que después de tanto tiempo tras las líneas enemigas, caía abatido finalmente cuando se producía el asalto final. Sin embargo después de mucho sufrimiento habían ganado los suyos. Pero... ¿quiénes eran los suyos? Una amalgama de fascistas, nacionalsocialistas, falangistas... y gente sin adscripción política concreta, que se definían simplemente como nacionalistas o patriotas. Con la gente formada y con los idealistas convivían canis, skinheads, hooligans futboleros y gentuza de todas clases unidos sólo por la bandera rojigualda y por el odio al islam. No había mucha consistencia ideológica, era simplemente la gente del palo, como se solían llamar entre ellos. Luis no estaba muy a gusto entre ellos, pero en tiempos de guerra no podía andarse con remilgos.
Tras la “liberación” de Jaén, se había instaurado una nueva dictadura. Jaén pasaba a estar ahora bajo el control de la República Social Española. Tras la etapa comunista e islámica, la gente de Jaén recibió a los nacionalistas como libertadores y de hecho en un primer momento, gracias a los suministros de grano procedentes de Ucrania, la entrada de los nacionalistas supuso un alivio para la situación de miseria de la ciudad. En la nueva España del Líder Manuel Montañés de Saavedra, ningún español sin techo y ningún techo sin pan. La propaganda era clara: “ayudas sociales para los nacionales” y “los españoles primero”, repetían unos y otros como papagayos. Las mujeres quemaron los niqab que la época islámica les había impuesto en la Plaza de Santa María y un sargento nacionalista, que llevaba un parche con el Sagrado Corazón de Jesús sobre la guerrera, subía con un pelotón a la torre más alta de la Catedral derribando la media luna islámica y gritando “Viva Cristo Rey” a la población allí concentrada. Las campanas, que habían sido retiradas durante la época islámica, volvían a colocarse y se tañían con más fuerza que nunca para anunciar la victoria nacional. Jaén volvía a ser tierra cristiana.



Pero en los primeros días de la “liberación” de Jaén, además de himnos patrióticos y de banderas rojigualdas colgadas en los balcones, se vivieron momentos no tan heroicos como la propaganda decía. El barrio de Peñamefecit había sido un bastión controlado por las bandas latinas, ni los rojos ni los moros habían podido someter a Osvaldo Mendoza, el capo colombiano de la droga que se había hecho con el control. Pero los nacionalistas se habían propuesto “hacer limpieza” así es que varios escuadrones entraron en el barrio a sangre y fuego. Luis iba en uno de esos escuadrones y no se contentaron con matar a los latinkings, cualquier sudamericano con rasgos indígenas era un objetivo. Gente que llevaba décadas viviendo y trabajando en Jaén, sin meterse con nadie, fue linchada y asesinada. Kevin Hernández, un cubano mulato que había venido a España huyendo del régimen castrista, que había tenido que esconderse durante el gobierno comunista porque estaba señalado como gusano y después había sido detenido y torturado, estando a punto de morir, durante la dominación islámica por practicar la santería, había acudido con ilusión a recibir a los “libertadores” nacionalistas. Alguien como él, anticomunista y perseguido por los musulmanes ¿qué tenía que temer? Sin embargo para los “libertadores” él era sólo un “sudaca de mierda” y le dieron una paliza que le dejó en silla de ruedas. La misma suerte corrió Bashir Benhassan, un cristiano caldeo que vino huyendo de Iraq cuando los integristas del Califato se dedicaron a perseguir nazarenos, que había tenido problemas durante el régimen comunista por ser un nacionalista árabe convencido y que durante la ocupación islámica había tenido que ocultarse de nuevo. Ahora, después de tantas penurias, esperaba que los nacionalistas que “liberaban” el barrio lo recibieran como un camarada, pero ni siquiera tuvo tiempo de contar su historia. En cuanto el primer patriota social lo vio, disparó a bocajarro y exclamó: “me he cargado otro moro”.
Luis no era como toda esa gentuza y estaba harto de ellos. Él era un nacionalista convencido pero no odiaba a los negros, ni a los moros ni a nadie, simplemente defendía lo suyo. Estaba cansado de compartir trinchera con farloperos que se metían rallas delante de carteles de propaganda con la frase “Juventud Libre de Drogas”, de “patriotas” preocupados porque la cultura española estaba amenazada que sin embargo no sabían escribir el castellano sin faltas de ortografía y a duras penas podían señalar los ríos y los montes de España en un mapa, de nacional-delincuentes que no se diferenciaban mucho de sus enemigos salvo por la simbología. Luis había leído a José Antonio Primo de Rivera, a Ramiro Ledesma Ramos, a Benito Mussolini, a Adolf Hitler, a Oswald Spengler, a Julius Évola, a Ramón Bau... pero sus camaradas sólo leían el Marca, con suerte. Era evidente que no pintaba nada allí.
Sus opiniones y sus críticas habían llegado a oídos de sus superiores, que habían mirado para otro lado. Luis comprendió que todo era propaganda y que al final “los suyos” era unos pandilleros más que en medio del caos se habían visto con poder. Sus jefes, esos moralistas ultraconservadores, se drogaban y se iban de putas cada fin de semana. En el burdel no tenían reparos en follar con negras o con “panchitas”, como llamaban despectivamente a las sudamericanas. Después de décadas hablando de la corrupción de la democracia, el nuevo alcalde desviaba fondos para pagar las obras de sus chalet. La República Social Española no era el ideal nacional que él se había imaginado, sino un retorno a la caspa, a la España de pandereta, de sacristía y Semana Santa. Para él, que era pagano, resultaba incomprensible ver a tanto camarada al que se le llenaba la boca con su odio a los judíos, rezándole precisamente a un carpintero judío. Los gitanos, a diferencia de las demás minorías étnicas, no habían sido molestados. Las nuevas autoridades se habían entendido con ellos a cambio de la paz y los consideraban gitanos españoles. Tal vez tuviera algo que ver en ello que muchos patriarcas fuesen los camellos de más de un dirigente nacionalista o tuvieran negocios turbios con ellos. Casi un siglo después, poco se diferenciaba aquello de la España de Franco. Parecía que los españoles estuvieran condenados a repetir siempre la historia y a cometer los mismos errores una y otra vez.
Pero no era sólo el desencanto lo que motivaba a Luis a marcharse. En un intento por cambiar las cosas había “tocado los huevos” a demasiada gente y las puñaladas entre camaradas eran bastante más comunes que con enemigos. Muchos habían empezado a acusarle de traidor, le llamaban falanguarro y le acusaban de haberse vuelto un rojo. Querían quitárselo de en medio. Volverse al monte era lo más sensato.
Al salir a la calle, una pintada con una cruz céltica y la leyenda zona nacional le recordaba que este barrio había sido tomado por “los suyos”. Los restos de sangre de la acera, en el lugar en el que sus camaradas habían dejado paralítico a Kevin Hernández, le recordaba que aquella gentuza, desde luego no eran nada suyo. Callejeó por el barrio y llegó a la Avenida de Barcelona. Un grupo de camaradas rapados, con camisetas que rezaban Defend Europe (muy patriotas, pero el nombre estaba en inglés) patrullaban las calles con un brazalete rojinegro con el yugo y las flechas. No había dado tiempo a recomponer la policía y eran skinheads los que patrullaban las calles y hasta dirigían el tráfico. Al verlo le dieron el alto y le pidieron la documentación. Cuando enseñó su cartilla militar, que el acreditaba como alférez provisional, aquellos hombres lo saludaron con el brazo en alto y le dejaron continuar con un “Arriba España” como único comentario. Luis llegó a uno de los callejones cercanos al parque de Las Flores, frente a las ruinas de la antigua iglesia del Salvador, convertida en cenizas durante la dominación musulmana.
Luis se coloca el casco y se sube a su Ducati de 125. No es exactamente suya, era de un ecuatoriano, uno de los hombres de Osvaldo Mendoza que puso pies en polvorosa al llegar los nacionales. Botín de guerra. A estas horas apenas hay tráfico, por lo que en poco tiempo llega al barrio de La Alcantarilla. Una última mirada a la ciudad que deja atrás y a la España nacional y toma la vieja Carretera de Otíñar hacia el Puente de la Sierra. Mientras conduce piensa que algún día acabara toda esta locura que le ha tocado vivir, pero que para cuando eso pase tal vez él sea ya demasiado viejo.

jueves, 16 de marzo de 2017

Poesía - No leía

Hay besos
o versos.
No sé muy bien lo que dicen
de un estado
de ánimo
idéntico a Omsk

¡Oh! Dichosa mi alma soberbia
que goza cálidas punzadas sobre mi existencia
con ímpetu de una falsa supervivencia
que inspira a mi ruin y vil conciencia

Vaya, que bellaquería es el creerse caminante
sobre la tierra mojada de mi llanto,
donde no utilizo lengua rimbombante
ni fonética con la que me atraganto

Ya he empezado otra vez
Vaya pesadez
Espera
No tiene que sonar
Libertad
¡He dicho que no!
Nada de sonido
No coquetees
entre verso
y un beso
a ti mismo.
Imposible ya,
que suene a viejo,
vano
o incomprensible.
Ya estamos otra vez
con la lírica de las momias

Ya sale
Espera
Un whisky mientras escucho jazz
Llueve,
llueve porque caen
gotas del cielo
¡Mírenme!
No, mejor
léanme.
Soy un
poeta.

martes, 7 de marzo de 2017

¡Os presentamos el 1º concurso Papiros de Guerra!

Ya hace más de un año desde que Papiros de Guerra nació, más de un año desde que nuestro querido blog vio la luz y no hemos parado de compartir con vosotros nuestras creaciones. Por eso hoy nos complace anunciar algo en lo que hemos estado trabajando un tiempo, os presentamos nada más y nada menos que... ¡el 1º concurso Papiros de Guerra!


Lamentamos que la imagen sea pequeña. ¿Queréis saber más? Entonces no lo dudéis y pulsad el cartel, ¡os esperamos!

martes, 28 de febrero de 2017

Relato - Merecido

Cuando hundió el filo de la navaja en el estómago de ese muchacho, pensó que sentiría miedo. Sacar el arma no entraba en sus planes pero su razón se había visto envuelta en una siniestra neblina, y antes de que pudiera darse cuenta aferraba el mango y la hoja había agujereado la ropa y la piel de ese niñato como si de mantequilla se tratase.
Sintió unas gotas de sangre deslizarse por el dorso de su mano. La sintió cálida y espesa. Pensó que sentiría repugnancia, asco.
Pero no contaba con ese frenesí que la embargó. Cada gota era como una oleada de placer que la dominaba, la extasiaba y la absorbía. Sin vacilar y sin titubeos, giró con fuerza la navaja que aún se alojaba en el estómago del chico, haciendo la herida varias veces más profunda y ancha y dejó emanar el vitar líquido carmesí hasta que bañó su brazo.
Habría gritado, aullado a la luz de la luna, celebrado esa victoria como una bestia salvaje. Había saciado su orgullo. Había vencido según la ley del reino animal.
Pero ella no era un animal.
Había apuñado a aquel crío porque se lo merecía, porque su mera existencia le resultaba molesta, innecesaria. Tan fútil y banal que casi le había extrañado que brotase a borbotones sangre en vez de insustancial aire.
Así que lo único que hizo fue limpiar con sumo cuidado y dulzura la hoja de su apreciada navaja, darse la vuelta y dirigirse hacia la otra persona que había contemplado la escena. Una muchacha que no podía variar la expresión de sorpresa y horror el rostro.
La chica, cubierta de sangre, hace un gesto señalando al chico que yace en el suelo con un movimiento de cabeza.
            —Creo que eso es tuyo —le dice a la otra de irse.