martes, 21 de marzo de 2017

Relato - El gran colapso Parte 3

Jaén. Sábado, 17 de marzo de 2035

            Son las 5:00, las nubes cubren la luna y las estrellas. Es noche cerrada. En medio de la oscuridad de la noche en un piño de Peñamefecit, Luis Rodríguez revisa su mochila y se asegura de que lleva todo lo necesario. Por un momento duda, mira la pared, en la que hay colgada una bandera española roja y gualda, deshilachada por el viento y el uso, la misma bandera que llevó durante meses en la Sierra de Cazorla, atada al cuello. La misma bandera con la que entró en la ciudad hace unos meses. No puede creer que, después de años de guerra y penurias, tenga que marcharse ahora, justo cuando han entrado “los suyos” en la ciudad.
Cuando toda esta locura empezó él se refugió en el monte, en un viejo cortijo abandonado de la Sierra de Cazorla. Allí había instalado un pequeño huerto e incluso tenía un cultivo de algas por si alguna de las múltiples facciones se hacía con armamento nuclear y la tierra se volvía radiactiva. Era autosuficiente, tenía paneles solares y energía hidroeléctrica para que funcionara su hogar. Con sus conocimientos de herboristería había podido hacerse una farmacopea adecuada para casi todas las dolencias comunes y había tenido la fortuna de no caer presa de ninguna enfermedad grave. Unas cuantas gallinas y un perro que las vigilaba le proporcionaban alimento y la caza, las setas comestibles que conocía bien y las frutas del bosque mediterráneo complementaban su dieta. Armado con su vieja escopeta de caza y con un Land Rover con el depósito listo por si había que huir, nada tenía que temer él de los rojos o de los moros. Sin embargo al conocer las atrocidades que se habían producido en Jaén, algo removió su conciencia y se unió a la guerrilla nacionalista.
Cuando Jaén fue liberada sintió una alegría tremenda. Él estaba en una de las compañías que con más valentía se batió contra los moros. La batalla fue dura y muchos de sus camaradas perdieron la vida. Gente muy aguerrida y bregada en combate, como el mítico Hernán Pérez, que después de tanto tiempo tras las líneas enemigas, caía abatido finalmente cuando se producía el asalto final. Sin embargo después de mucho sufrimiento habían ganado los suyos. Pero... ¿quiénes eran los suyos? Una amalgama de fascistas, nacionalsocialistas, falangistas... y gente sin adscripción política concreta, que se definían simplemente como nacionalistas o patriotas. Con la gente formada y con los idealistas convivían canis, skinheads, hooligans futboleros y gentuza de todas clases unidos sólo por la bandera rojigualda y por el odio al islam. No había mucha consistencia ideológica, era simplemente la gente del palo, como se solían llamar entre ellos. Luis no estaba muy a gusto entre ellos, pero en tiempos de guerra no podía andarse con remilgos.
Tras la “liberación” de Jaén, se había instaurado una nueva dictadura. Jaén pasaba a estar ahora bajo el control de la República Social Española. Tras la etapa comunista e islámica, la gente de Jaén recibió a los nacionalistas como libertadores y de hecho en un primer momento, gracias a los suministros de grano procedentes de Ucrania, la entrada de los nacionalistas supuso un alivio para la situación de miseria de la ciudad. En la nueva España del Líder Manuel Montañés de Saavedra, ningún español sin techo y ningún techo sin pan. La propaganda era clara: “ayudas sociales para los nacionales” y “los españoles primero”, repetían unos y otros como papagayos. Las mujeres quemaron los niqab que la época islámica les había impuesto en la Plaza de Santa María y un sargento nacionalista, que llevaba un parche con el Sagrado Corazón de Jesús sobre la guerrera, subía con un pelotón a la torre más alta de la Catedral derribando la media luna islámica y gritando “Viva Cristo Rey” a la población allí concentrada. Las campanas, que habían sido retiradas durante la época islámica, volvían a colocarse y se tañían con más fuerza que nunca para anunciar la victoria nacional. Jaén volvía a ser tierra cristiana.



Pero en los primeros días de la “liberación” de Jaén, además de himnos patrióticos y de banderas rojigualdas colgadas en los balcones, se vivieron momentos no tan heroicos como la propaganda decía. El barrio de Peñamefecit había sido un bastión controlado por las bandas latinas, ni los rojos ni los moros habían podido someter a Osvaldo Mendoza, el capo colombiano de la droga que se había hecho con el control. Pero los nacionalistas se habían propuesto “hacer limpieza” así es que varios escuadrones entraron en el barrio a sangre y fuego. Luis iba en uno de esos escuadrones y no se contentaron con matar a los latinkings, cualquier sudamericano con rasgos indígenas era un objetivo. Gente que llevaba décadas viviendo y trabajando en Jaén, sin meterse con nadie, fue linchada y asesinada. Kevin Hernández, un cubano mulato que había venido a España huyendo del régimen castrista, que había tenido que esconderse durante el gobierno comunista porque estaba señalado como gusano y después había sido detenido y torturado, estando a punto de morir, durante la dominación islámica por practicar la santería, había acudido con ilusión a recibir a los “libertadores” nacionalistas. Alguien como él, anticomunista y perseguido por los musulmanes ¿qué tenía que temer? Sin embargo para los “libertadores” él era sólo un “sudaca de mierda” y le dieron una paliza que le dejó en silla de ruedas. La misma suerte corrió Bashir Benhassan, un cristiano caldeo que vino huyendo de Iraq cuando los integristas del Califato se dedicaron a perseguir nazarenos, que había tenido problemas durante el régimen comunista por ser un nacionalista árabe convencido y que durante la ocupación islámica había tenido que ocultarse de nuevo. Ahora, después de tantas penurias, esperaba que los nacionalistas que “liberaban” el barrio lo recibieran como un camarada, pero ni siquiera tuvo tiempo de contar su historia. En cuanto el primer patriota social lo vio, disparó a bocajarro y exclamó: “me he cargado otro moro”.
Luis no era como toda esa gentuza y estaba harto de ellos. Él era un nacionalista convencido pero no odiaba a los negros, ni a los moros ni a nadie, simplemente defendía lo suyo. Estaba cansado de compartir trinchera con farloperos que se metían rallas delante de carteles de propaganda con la frase “Juventud Libre de Drogas”, de “patriotas” preocupados porque la cultura española estaba amenazada que sin embargo no sabían escribir el castellano sin faltas de ortografía y a duras penas podían señalar los ríos y los montes de España en un mapa, de nacional-delincuentes que no se diferenciaban mucho de sus enemigos salvo por la simbología. Luis había leído a José Antonio Primo de Rivera, a Ramiro Ledesma Ramos, a Benito Mussolini, a Adolf Hitler, a Oswald Spengler, a Julius Évola, a Ramón Bau... pero sus camaradas sólo leían el Marca, con suerte. Era evidente que no pintaba nada allí.
Sus opiniones y sus críticas habían llegado a oídos de sus superiores, que habían mirado para otro lado. Luis comprendió que todo era propaganda y que al final “los suyos” era unos pandilleros más que en medio del caos se habían visto con poder. Sus jefes, esos moralistas ultraconservadores, se drogaban y se iban de putas cada fin de semana. En el burdel no tenían reparos en follar con negras o con “panchitas”, como llamaban despectivamente a las sudamericanas. Después de décadas hablando de la corrupción de la democracia, el nuevo alcalde desviaba fondos para pagar las obras de sus chalet. La República Social Española no era el ideal nacional que él se había imaginado, sino un retorno a la caspa, a la España de pandereta, de sacristía y Semana Santa. Para él, que era pagano, resultaba incomprensible ver a tanto camarada al que se le llenaba la boca con su odio a los judíos, rezándole precisamente a un carpintero judío. Los gitanos, a diferencia de las demás minorías étnicas, no habían sido molestados. Las nuevas autoridades se habían entendido con ellos a cambio de la paz y los consideraban gitanos españoles. Tal vez tuviera algo que ver en ello que muchos patriarcas fuesen los camellos de más de un dirigente nacionalista o tuvieran negocios turbios con ellos. Casi un siglo después, poco se diferenciaba aquello de la España de Franco. Parecía que los españoles estuvieran condenados a repetir siempre la historia y a cometer los mismos errores una y otra vez.
Pero no era sólo el desencanto lo que motivaba a Luis a marcharse. En un intento por cambiar las cosas había “tocado los huevos” a demasiada gente y las puñaladas entre camaradas eran bastante más comunes que con enemigos. Muchos habían empezado a acusarle de traidor, le llamaban falanguarro y le acusaban de haberse vuelto un rojo. Querían quitárselo de en medio. Volverse al monte era lo más sensato.
Al salir a la calle, una pintada con una cruz céltica y la leyenda zona nacional le recordaba que este barrio había sido tomado por “los suyos”. Los restos de sangre de la acera, en el lugar en el que sus camaradas habían dejado paralítico a Kevin Hernández, le recordaba que aquella gentuza, desde luego no eran nada suyo. Callejeó por el barrio y llegó a la Avenida de Barcelona. Un grupo de camaradas rapados, con camisetas que rezaban Defend Europe (muy patriotas, pero el nombre estaba en inglés) patrullaban las calles con un brazalete rojinegro con el yugo y las flechas. No había dado tiempo a recomponer la policía y eran skinheads los que patrullaban las calles y hasta dirigían el tráfico. Al verlo le dieron el alto y le pidieron la documentación. Cuando enseñó su cartilla militar, que el acreditaba como alférez provisional, aquellos hombres lo saludaron con el brazo en alto y le dejaron continuar con un “Arriba España” como único comentario. Luis llegó a uno de los callejones cercanos al parque de Las Flores, frente a las ruinas de la antigua iglesia del Salvador, convertida en cenizas durante la dominación musulmana.
Luis se coloca el casco y se sube a su Ducati de 125. No es exactamente suya, era de un ecuatoriano, uno de los hombres de Osvaldo Mendoza que puso pies en polvorosa al llegar los nacionales. Botín de guerra. A estas horas apenas hay tráfico, por lo que en poco tiempo llega al barrio de La Alcantarilla. Una última mirada a la ciudad que deja atrás y a la España nacional y toma la vieja Carretera de Otíñar hacia el Puente de la Sierra. Mientras conduce piensa que algún día acabara toda esta locura que le ha tocado vivir, pero que para cuando eso pase tal vez él sea ya demasiado viejo.

jueves, 16 de marzo de 2017

Poesía - No leía

Hay besos
o versos.
No sé muy bien lo que dicen
de un estado
de ánimo
idéntico a Omsk

¡Oh! Dichosa mi alma soberbia
que goza cálidas punzadas sobre mi existencia
con ímpetu de una falsa supervivencia
que inspira a mi ruin y vil conciencia

Vaya, que bellaquería es el creerse caminante
sobre la tierra mojada de mi llanto,
donde no utilizo lengua rimbombante
ni fonética con la que me atraganto

Ya he empezado otra vez
Vaya pesadez
Espera
No tiene que sonar
Libertad
¡He dicho que no!
Nada de sonido
No coquetees
entre verso
y un beso
a ti mismo.
Imposible ya,
que suene a viejo,
vano
o incomprensible.
Ya estamos otra vez
con la lírica de las momias

Ya sale
Espera
Un whisky mientras escucho jazz
Llueve,
llueve porque caen
gotas del cielo
¡Mírenme!
No, mejor
léanme.
Soy un
poeta.

martes, 7 de marzo de 2017

¡Os presentamos el 1º concurso Papiros de Guerra!

Ya hace más de un año desde que Papiros de Guerra nació, más de un año desde que nuestro querido blog vio la luz y no hemos parado de compartir con vosotros nuestras creaciones. Por eso hoy nos complace anunciar algo en lo que hemos estado trabajando un tiempo, os presentamos nada más y nada menos que... ¡el 1º concurso Papiros de Guerra!


Lamentamos que la imagen sea pequeña. ¿Queréis saber más? Entonces no lo dudéis y pulsad el cartel, ¡os esperamos!

martes, 28 de febrero de 2017

Relato - Merecido

Cuando hundió el filo de la navaja en el estómago de ese muchacho, pensó que sentiría miedo. Sacar el arma no entraba en sus planes pero su razón se había visto envuelta en una siniestra neblina, y antes de que pudiera darse cuenta aferraba el mango y la hoja había agujereado la ropa y la piel de ese niñato como si de mantequilla se tratase.
Sintió unas gotas de sangre deslizarse por el dorso de su mano. La sintió cálida y espesa. Pensó que sentiría repugnancia, asco.
Pero no contaba con ese frenesí que la embargó. Cada gota era como una oleada de placer que la dominaba, la extasiaba y la absorbía. Sin vacilar y sin titubeos, giró con fuerza la navaja que aún se alojaba en el estómago del chico, haciendo la herida varias veces más profunda y ancha y dejó emanar el vitar líquido carmesí hasta que bañó su brazo.
Habría gritado, aullado a la luz de la luna, celebrado esa victoria como una bestia salvaje. Había saciado su orgullo. Había vencido según la ley del reino animal.
Pero ella no era un animal.
Había apuñado a aquel crío porque se lo merecía, porque su mera existencia le resultaba molesta, innecesaria. Tan fútil y banal que casi le había extrañado que brotase a borbotones sangre en vez de insustancial aire.
Así que lo único que hizo fue limpiar con sumo cuidado y dulzura la hoja de su apreciada navaja, darse la vuelta y dirigirse hacia la otra persona que había contemplado la escena. Una muchacha que no podía variar la expresión de sorpresa y horror el rostro.
La chica, cubierta de sangre, hace un gesto señalando al chico que yace en el suelo con un movimiento de cabeza.
            —Creo que eso es tuyo —le dice a la otra de irse.

jueves, 23 de febrero de 2017

Relato - El gran colapso Parte 2

Medina Yayyan. Yawmath-thalatha' 11 Shawwal del año 1452 de la Hégira

Son las 7:15 a.m., los gritos del almuédano llamando a la primera oración del día resuenan en el Bulevar desde la mezquita del barrio, la antigua iglesia dedicada a San Juan Pablo II. La Shurta, la policía islámica, patrulla las calles para mantener el orden. A penas un año y medio había durado la ciudad de Jaén en poder de la República Popular Española cuando otra de las múltiples facciones que se disputaban el territorio de lo que antes era España se hizo con el control de la misma. Las guerrillas islamistas en España apenas habían tenido relevancia más allá de aprovechar el caos para llevar a cabo algún atentado, pero el gobierno español había mirado para otro lado cuando el capital saudí financiaba mezquitas salafistas y eran nombrados imanes radicales. Ningún gobernante, en aquella España dominada por la corrección política, quería ser tachado de racista o islamófobo.Para cuando se dieron cuenta de lo que sucedía, era demasiado tarde.
En un primer momento, los comunistas consideraron a los muyahidines como “aliados antifascistas”, sobre todo en Andalucía, donde una gran parte de la izquierda era nostálgica del pasado andalusí. Los grupos independentistas andaluces se habían integrado dentro de la confluencia popular, pero una parte de ellos, formados por conversos al islam de la Liga Morisca, se radicalizaron cada vez más y su líder, Ahmed Benjumea, que presumía de ser descendiente de los Omeyas, había solicitado ayuda a grupos armados del norte de África. Cuando el islamismo radical se hizo con el poder en Marruecos se establecieron “amistades peligrosas” entre los grupos independentistas andaluces y los islamistas y finalmente, tras una insurrección en Granada, se proclamó al rey de Marruecos como emir de al-Ándalus, provocando que un ejército expedicionario cruzase el estrecho de Gibraltar. Esas tropas habían llegado finalmente a tomar Jaén. La bandera de la República ha sido arriada en la Plaza de Jaén por la Paz y en su lugar ondea una siniestra bandera negra con la Shahada.


Como cada mañana Hernán Pérez salía a la calle a buscar algo de comida. Apenas quedaban suministros en la ciudad y los pocos que llegaban iban a parar a los soldados marroquíes y los guerrilleros andalusíes (españoles conversos al islam) o procedentes de Oriente Medio, que habían acudido a la Jihad. Ahmed Benjumea había sido nombrado hachib de al-Ándalus, jefe del gobierno a las órdenes del emir, y la Shariah había sustituido a la Constitución. En Jaén, ahora llamada Medina Yayyan, había sido nombrado zalamedina Ibrahim Benyusuf, que gobernaba la ciudad con mano de hierro apoyado por las tropas magrebíes. Hernán Pérez era un joven nacionalista, había tenido que permanecer oculto durante el gobierno de los rojos y ahora debía ocultarse también de los moros. En su juventud había sido un “bala perdida”, un ultra del Real Jaén, detenido en varias ocasiones por participar en peleas, vinculado a la extrema derecha. Ahora era uno de los que, en territorio enemigo, intentaba liberar España de la ocupación.
Hernán mira a ambos lados de la calle, se desplaza silencioso, cubriendo su rostro con unas bragas y la capucha de la sudadera Lonsdale que lleva bajo el abrigo. El frío es su aliado. Bajo su sudadera, el correaje militar de su pistola HK USP de 9 mm Parabellum sobre el polo Fred Perry. Pantalones vaqueros y zapatillas Addidas por si hay que correr o pelear. En el cuello, camuflada entre la ropa, una medalla de la Virgen de Zocueca, patrona de Bailén. Hernán tiene un sexto sentido para detectar a la Shurta, la huele a kilómetros con la experiencia de quien ha sido hooligan y delincuente antes que soldado. Gracias a eso, aún sigue con vida. Nadie le ha visto, sube a su furgoneta y pone rumbo al Polígono de los Olivares.
En una de las calles del polígono industrial, Hernán queda cada martes con Fermín Cortés, un gitano que se dedica al estraperlo, a las órdenes de Francisco Heredia. Los gitanos siempre han vivido al margen de la Ley, pero desde que se produjo el Gran Colapso esto se ha intensificado todavía más. Ni los rojos, ni ahora los moros, se meten en sus negocios, a cambio de que los patriarcas mantengan el orden en sus barrios. El zalamedina sabe que se dedican al contrabando, que venden drogas y alcohol, lo cual está terminantemente prohibido en la ciudad desde que los soldados de Alá la tomaron. Sin embargo hace la vista gorda, prefiere que haya cierto comercio clandestino antes de que la gente se vea obligada a robar y él tenga que aplicar todo el rigor de la Ley Islámica con los ladrones. Demasiados mutilados hay ya.
Ni el euro, ni la peseta acuñada por el gobierno comunista ni ninguna otra divisa valen ya absolutamente nada en esta situación de caos. La moneda oficial en el emirato es el dinar andalusí, pero tampoco circula. La gente intercambia con sal, gasolina o con metales preciosos, sobre todo oro y plata. Las viejas monedas de plata conmemorativas son ahora moneda de uso corriente. El valor nominal no importa, sólo su peso en plata.
—Ya pensaba que no vendrías —dijo sonriendo el gitano al ver llegar a Hernán.
—Perdona, quería asegurarme de que nadie me seguía, ya sabes que la cosa está revuelta… —respondió Hernán.
—Ya ves, ¡cualquiera se fía de los malajes estos de los moros! —respondió el estraperlista, para al que tanto daba estar regido por unos o por otros mientras él pudiera hacer sus negocios.
—Sí… ¿tienes lo mío? —dijo Hernán sin más dilaciones, pues no tenía mucha más simpatía por los gitanos, los mismos que de pequeño le habían atracado más de una vez, que por los moros. Pero más valía malo conocido.
—Si hombre, como siempre —dijo el gitano al tiempo que sacaba un par de bolsas con fruta, pasta, galletas y latas de conservas.
—Parece que está todo —afirmó Hernán revisando las bolsas.
—¡Ay no verlo! Pos claro que está to, ¡que yo soy de fiar! —respondió haciéndose el indignado Fermín.
—Ya… aquí tienes lo acordado —dijo Hernán sacando del bolsillo un par de monedas de plata de 100 pesetas de la época de Franco.
—Bueno, me vas a tener que dar otra monedica, payo, que es que el género está más caro que antes —trató de regatear el gitano.
—Te voy a dar una polla que te comas, dijimos dos monedas y eso es lo que hay, a ver si ahora no vas a tener palabra —respondió Hernán, mirando fijamente al gitano a los ojos, demostrando que a estas alturas ya no tenía miedo de un simple estraperlista, por mucho que fuera un hombre de uno de los patriarcas más peligrosos de Jaén.
—Bueno, bueno, no te pongas asín… -dijo el gitano finalmente, aceptando el trato.
—No podemos quedarnos de cháchara, la primera oración de los moros acabará pronto y la Shurta hará la ronda por los polígonos, esto se va a llenar de follacabrasde un momento a otro, ya hablaremos esta semana —dijo finalmente Hernán, extendiendo su mano.
—Ve con Dios, payo —respondió Fermín, estrechándole la mano.
Fermín Cortés se quedó mirando las monedas que le había dado Hernán. Francisco Franco Caudillo de España por la Gracia de Dios. 1966. Con Franco, con Juan Carlos I, con Felipe VI, con Pablo Iglesias o ahora con los moros, los tipos como él siempre acababan haciendo negocio. Poco le importaba a él esta guerra entre payos. Él vivía en el Polígono del Valle y el barrio estaba bajo el control de su patriarca y era un refugio para toda la escoria que había escapado de Jaén-2 cuando entraron los moros, porque no todos eran presos políticos de los rojos. Otra buena parte de la chusma había acabado en Peñamefecit, donde Osvaldo Mendoza, un capo colombiano de la droga, se había hecho con el control. Francisco Heredia y Osvaldo Mendoza se respetaban y cada uno tenía su zona, ni los rojos ni ahora los moros se metían en aquello, no por falta de ganas, sino más bien de efectivos. Fermín Cortes servía de enlace entre los payos y los payos ponys, como solían decir en su jerga.
Hernán metió las bolsas de comida en su furgoneta y siguió conduciendo. Tenía una nave en el polígono, aparentemente abandonada, en la que los nacionalistas solían reunirse de manera clandestina por la noche para planificar qué acciones de sabotaje o subversión debían llevarse a cabo en la ciudad. Hernán era el jefe de los insurgentes y recibía las órdenes directamente desde Alcalá de Henares, la ciudad en la que los nacionalistas se habían hecho fuertes y donde estaba su líder, Manuel Montañés de Saavedra. Mientras conducía, Hernán recordaba el horror de la ocupación mora de la ciudad hacía unos meses.
Al no tener defensas, tras unas cuantas escaramuzas entre los milicianos y los muyahidines, Jaén se había declarado ciudad abierta. Esta rendición no sirvió para aplacar la brutalidad de los islamistas, que entraron en la ciudad matando a todo aquel que estuviese en la calle y saquearon el Museo de Arte Ibérico y el Museo Arqueológico Provincial. Después de eso asaltaron y quemaron el Camarín de Jesús y destrozaron la imagen de Nuestro Padre Jesús Nazareno. La popular figura del Abuelo era para ellos un ídolo de los kafir y debía ser destruido. La imagen de la Virgen de la Capilla fue arrastrada por las calles de Jaén y ultrajada. El Palacio Episcopal también fue asaltado y reducido a cenizas. El obispo de Jaén, encarcelado durante el gobierno comunista, logró escapar camuflado entre los refugiados que marchaban hacia el norte. Todas las iglesias que no fueron quemadas, fueron consagradas al culto islámico. La Catedral se convertía ahora en la Mezquita Aljama.
Miles de mujeres fueron violadas, incluso niñas. Cualquier hombre que trató de impedirlo fue decapitado. Las sedes de las principales cofradías cristianas fueron asaltadas e incendiadas, pero también las tascas, los bares, los pubs, las discotecas… así como los casinos o cualquier lugar en el que se llevaran a cabo actos considerados haram. La fábrica de Cruzcampo fue incendiada, los estancos fueron asaltados y se destruyeron todas las botellas de alcohol y los paquetes de tabaco que se encontraron en una gran hoguera. Muchos homosexuales fueron torturados y asesinados, arrojándolos desde los edificios más altos o ahorcándolos en grúas.Las mujeres fueron forzadas a salir con niqab y siempre acompañadas de un varón. Las que se negaron fueron lapidadas o azotadas hasta la muerte. Pocos días después de la ocupación de la ciudad una mujer había muerto después de recibir cien latigazos. ¿El motivo? Haber tenido la osadía de conducir para llevar a su hijo enfermo al hospital. Cientos de perros habían sido sacrificados, pues el islam prohíbe tenerlos. Cuando, con lágrimas en los ojos, algunos intentaron evitar que los soldados se llevaran a sus mascotas, fueron asesinados sin compasión.Las feministas como Consuelo Guerrero tuvieron que exiliarse, la Universidad de Jaén es ahora una madraza y los Estudios de Género han sido sustituidos por Estudios Islámicos.
La brutalidad no había cesado tras la ocupación, hacía unos pocos días diez personas fueron decapitadas en la Plaza de Santa María, ahora llamada Plaza de Maryam, por celebrar San Antón. El vino y la carne de cerdo ofenden al Profeta y no pueden tolerarse.Al recordar todo aquello, Hernán sentía una profunda rabia interior. Merecía la pena luchar, a pesar del riesgo, a pesar del tremendo peligro que corría. No sabía nada de su familia desde hacía meses, desde que los rojos los habían detenido. Puede que los hubieran matado, pero él seguía creyendo que aún vivían, que se encontraban en alguno de los Centros de Reeducación, como eran llamados los campos de concentración comunistas. Pero ni todas las atrocidades juntas que había llevado a cabo el gobierno de Pablo Iglesias se podían comparar con las que estaban produciéndose ahora.
Sumido en aquellos pensamientos, Hernán llega a una vieja gasolinera abandonada de la Carretera de La Guardia. Ahí le está esperando un hombre de aspecto peligroso, AlekseyPetrenko, un agente de los servicios secretos ucranianos. Desde el Gran Colapso, Europa Occidental es un gran tablero de ajedrez en el que varios gobiernos extranjeros mueven a las distintas facciones como a sus peones. El gobierno comunista recibe apoyos de Cuba, Venezuela, Bolivia, Uruguay y de los partidos comunistas de otros países, es un secreto a voces. También lo es que los islamistas reciben apoyo de Arabia Saudí, Qatar y otras monarquías del Golfo Pérsico, y por supuesto del Califato. Abu Bark al-Baghdadi ha dejado de ser considerado un terrorista y ahora muchos gobiernos europeos han enviado un embajador a Raqqa y lo reconocen como Califa. Así mismo, los gobiernos conservadores del este de Europa, como los de Ucrania, Polonia, Serbia o Hungría, apoyan a los nacionalistas españoles.
—Hola, ¿Qué tal?
—Saludos, camarada —responde Aleksey con su marcado acento del este.
—¿Tienes las armas? —dice Hernán, después de estrecharle la mano.
—Sí —afirma Aleksey abriendo el capó de su coche y dejando a la vista varios estuches.
Hernán abre uno de los estuches y ve que dentro hay un Kalashnikov. Cuenta los estuches, hay un total de quince. Son pocas armas, pero él tampoco tiene muchos más hombres disponibles.
—Parece que es todo correcto —dice finalmente Hernán.
—El gobierno de Alcalá ya ha efectuado el pago, tú sólo tienes que preocuparte de esconderlas y esperar órdenes —le confirma el ucraniano.
—Lo sé, tengo un cortijo discreto en el que puedo ocultarlos, no creo que los moros lo conozcan —le aclara Hernán.
—Eso espero… en unos días tendrás noticias del polaco, hasta entonces procura tener cuidado —le aconseja Aleksey.
—Descuida, sé cuidarme —dice sonriendo Hernán.
—Bien, he de marcharme. Arriba España —se despide de forma seca el ucraniano.
—¡Arriba! —responde Hernán, estrechando su mano.
Hernán carga los estuches en la furgoneta y se marcha de aquel lugar apartado. Conduce evitando las carreteras principales y los controles de la Shurta, los guerrilleros andalusíes o el Ejército marroquí. El corazón le late a mil por hora, sabe que si se encuentra con algún control de carretera está perdido. Pero conoce bien estos senderos. El hombre al que espera dentro de unos días es Igor Brzozowski, sargento del Ejército polaco que ha sido enviado para adiestrar a los guerrilleros nacionalistas españoles. Llega al medio día al cortijo, se asegura de que no hay peligro, y finalmente oculta las armas en un viejo pozo.
Hernán regresa a casa con la comida. Debe tener suficiente para no tener que volver a salir en toda la semana. Sabe que los moros están detrás de sus pasos, por lo que cada cierto tiempo va de un piso franco a otro. En el que se encuentra ahora parece seguro. No tiene luz ni agua caliente, tampoco teléfono, ni Internet ni ninguna forma de comunicarse más allá de los datos de su móvil y el grupo cifrado de Telegram por el que recibe las órdenes. Pasa el resto de la tarde haciendo ejercicios para mantenerse en forma y después una ducha de agua fría que estremece su cuerpo. En esta fría tarde de invierno maldice mil veces a los moros cuando la gélida agua cae sobre su piel. Pero es lo que hay, al menos ha de dar gracias porque no han cortado el agua en el edificio y aún puede ducharse, aunque sea con agua fría. Cae la noche y a la luz de una vela, Hernán lee unas cuantas páginas de Nueva Ética Revolucionaria de Pedro Varela hasta que finalmente el cansancio puede con los nervios y la tensión de llevar mesestras las líneas enemigas. Cierra los ojos mientras imagina una segunda Reconquista de España y piensa que los tipos como él, dentro de siglos serán recordados igual que don Pelayo o el Cid Campeador. Con ese pensamiento logra conciliar el sueño. Ha sobrevivido un día más.

martes, 21 de febrero de 2017

Relato - El sabio de la cueva

Gaal estaba jugando en el bosque con su pequeño amigo Txiligro. El chico siempre iba por la tarde a jugar con él, era su compañero de juegos favorito. Su amistad se hizo más fuerte, tanto que Gaalconsideraba a Txiligro casi un hermano para él. Sin embargo, una pregunta rondaba la cabeza del joven: ¿su mejor amigo tendría más amigos en el gran bosque?
—Oye, Txiligro—dijo Gaal—. ¿Tienes más amigos en el bosque aparte de mí?
—¡Claro!—exclamó la pequeña criatura—. Tengo muchos amigos entre los animales del bosque.
—¿Y humanos?
—Pues de humanos estáis Refireo y tú. Aunque hay otro que se parece más o menos a vosotros, los hombres.
Esta respuesta solo le generó más preguntas al pequeño Gaal. No sabía a lo que se refería Txiligro con que su amigo se parecía a ellos.
—¿En qué se parece a nosotros?
—Bueno—dijo la extraña criatura, pensativa—. Es muy alto y se mantiene sobre dos patas, como vosotros. También es muy amable y sabio, sabe muchas cosas.
—¿Podrías presentármelo?
Txiligro tardó unos segundos en responder. Era como si estuviese pensando detenidamente que responder.
—No sé —dijo finalmente—. Me dijo que no le dijese nada a ningún hombre acerca de él. Aunque claro, tú eres un niño, además eres muy bueno. ¡Seguro que se alegra de conocerte!
La traviesa criatura se adelantó a Gaal.
—¡Es por aquí! Vive en una cueva cerca de un río, aunque está un poco lejos.
—No pasa nada —dijo el muchacho con una sonrisa—. Dime por donde es.
Y así, Gaal y Txiligro se internaron en lo más profundo del bosque para buscar a ese enigmático sabio. Estuvieron caminando hasta el atardecer. Finalmente llegaron a un río  cristalino rebosante de peces de una gran variedad de formas y colores. Sin embrago, los animales que predominaban allí eran las ranas. Su presencia se hacía notar. Todas croaban al unísono, como si fuesen una especie de coro de anfibios cantando una armoniosa y melódica canción que solo ellos entendían.
—¡Gaal, es aquí!—dijoTxiligro mientras señalaba una gran cueva—. Mi amigo vive en esta cueva.
Los dos amigos entraron en la cueva. Era fría y húmeda, sin contar la obvia oscuridad propia de esos sitios. Eso no era un problema para el pequeño Txiligro, ya que él podía ver en la profunda oscuridad. Él guiaba a Gaal para que no chocase con ninguna pared. El pobre chico estaba asustado, no solo por la oscuridad sino por el amigo de Txiligro. No sabía cómo iba a reaccionar ante su presencia.
A medida que se internaban en la cueva, la oscuridad se hacía más tenue. Había una especie de antorchas que señalaban un camino.
Al final del camino estaba una gran sala, llena de utensilios extraños y de recipientes de cristal con distintos líquidos de distintas tonalidades. También había una especie de estantería improvisada esculpida en una de las paredes de la cueva, tenía muchísimos libros. Aunque lo que más llamaba su atención era la figura que daba la espalda a los dos amigos, parecía que no se había percatado de su llegada.
—¡Finabio!—le llamó Txiligro—. Te traigo a un amigo mío que quiere conocerte. Es un niño de la aldea de los hombres.
La extraña figura se giró. Era como una especie de salamandra roja con manchas negras. En su cabeza sobresalían dos grandes cuernos curvos, como los de una cabra montesa Estaba erguida sobre sus dos patas. Además vestía una túnica morada adornada con extraños símbolos rúnicos. Sus saltones ojos negros se posaron en el muchacho.
—¿Un cachorro de la aldea de los hombres? —dijo el sabio con una voz sosegada y calmada—. Dime, pequeño. ¿Cuál es tu nombre?
—Mi nombre esGaal —dijo el chico—. Es un placer conocerte.
—Lo mismo digo, Gaal. Yo me llamo Finabio, y no hace falta que seas tan formal —dijo Finabio con lo que Gaal intuyó como una sonrisa.
—Mi maestro me enseñó a ser educado con los mayores.
—¿Tu maestro?—preguntó extrañado el sabio—. Se llama Refireo, ¿verdad?
—¿Cómo sabes el nombre de mi maestro? —preguntó el niño bastante sorprendido.
—Somos viejos amigos, además me ha hablado bastante de ti.
—Oye, Finabio —interrumpió Txiligro—. ¿Tienes algo para mí?
—Es verdad. Sí, tengo algo. Espera aquí.
El sabio Finabio fue hacia una vasija, de la cual sacó una diminuta rana.
—Aquí tienes —dijo mientras se la ofrecía al travieso Txiligro—. He recogido un montón esta mañana, y verdes cómo a ti te gustan.
—¡Gracias! —dijo antes de devorarla ferozmente.
—También te puedo ofrecer algo a ti, Gaal. ¿Te gusta el zumo de bayas?
—¡Me encanta!—exclamó el niño con una sonrisa.
—Bien, pues te serviré uno.
—Que sean dos, viejo amigo —dijo una voz detrás de Gaal.

jueves, 16 de febrero de 2017

Poesía - Ingrato interés vital

Que humana es la altiva derrota,
engendro de nuestras viles náuseas
que calma sin piedad nuestras ansias
de celebrar nuestra hipócrita limosna.

Mas, de nuestros corazones, la ruda miseria
de no querer amar sin sentido
sin máscara de arrogantes suspiros
con la vulgar sencillez libertaria.

Todo cimiento de sonrisas verdaderas
son falacias que corren por la garganta
de la ebria humanidad altanera

Como un afónico jilguero que canta
a la opresión profana de mi tinta
en su intento de agonizar mi esperanza

Esperanza de aquellos humildes ladrillos
de inefable sudor fresco
de inerte corazón grotesco
que azota mi torpe suerte en un giro

Pues mis órficos ojos ven mi espalda
cansados de cerrarse despiertos,
indignados de permanecer quietos
ante la afilada demagogia de tu espada

Que amargo color tienes, ingrato interés,
sociedad sin camino y sin paciencia
hombros debajo de tu prepotente interés

¡Ay! Qué verdad es el duro saber
Que no hay mayor derrota que mi existencia
ni mayor victoria que tu vehemencia.

martes, 14 de febrero de 2017

Relato - La trampa

   El edifico estaba vació y por el estado de abandono que mostraba todo seguramente desde hacía mucho tiempo. No le gustaba nada ese sitio, era demasiado silencioso y eso la ponía nerviosa.
«No seas miedosa» se reprochó a sí misma «Recuerda porque estás aquí, necesitan tu ayuda».
Había recibido un mensaje de Eve un rato antes, hecho que le sorprendía en parte ya que tendía a ser más directa y la llamaba directamente. Para mayor sorpresa el mensaje era una petición de ayuda, al parecer había un herido y estaba en muy malas condiciones. Ashley no se lo pensó mucho y rastreo la localización de su teléfono, el gps la llevo hasta ese lugar, un viejo almacén abandonado.
No se oía nada, ni un mínimo ruido que le diera una pista sobre su amiga. Tenía sentido que no estuviera allí para recibirla, no sería buena idea dejar a la persona herida sola. Solo había dos opciones: buscarla entre las largas filas de estantes de la derecha o por el pasillo de la izquierda, se decantó por la segunda opción.
El pasillo estaba muy oscuro, todas las puertas estaban abiertas y la oscuridad residía en el interior de cada una. Caminó incomoda hacia el final, evitando mirar a las habitaciones de los lados, centrándose en la puerta que la esperaba. Sabía que era improbable que hubiera alguien por allí, que sus nervios eran infundados pero no podía evitarlo, no le gustaba la oscuridad y el silencio no ayudaba precisamente.
Llegó hasta la puerta, pensando lo menos posible en el tétrico aspecto de aquel lugar, y la abrió. Encontró lo mismo que en las otras puertas, una oscuridad profunda que no le permitía ver nada. Solo podía ver filas de estantes extendiéndose hacia delante, formando pasillos rectos que se perdían en el interior.
— ¿Eve? ¿Dónde estás? —su voz hizo eco, lo que reforzaba sus pocas ganas de estar en ese sitio.
—Estoy aquí —escuchó su voz poco después.
Ashley respiró aliviada, sintiéndose más tranquila sabiendo que Eve la esperaba dentro. Pasó por la puerta y caminó entre las filas de estantes, una guardia silenciosa pero útil para guiarse en la oscuridad. Caminó a tientas hacia delante, apenas podía distinguir nada en la oscuridad.
Había luz más adelante, apenas un pequeño círculo que le servía como punto de referencia iluminando el suelo, pero eso era mejor que nada. Salió del corredor de estantes y fue directamente hacia allí, descubriendo que lo que alumbraba el suelo era una linterna. Ashley se preguntó si sería de Eve y donde podría estar, todo ese silencio la estaba poniendo muy nerviosa.
De repente se escuchó un chasquido detrás de ella y las luces se encendieron sobre ella, iluminando lo que la rodeaba. Había una persona atada a una silla con cuerdas en el centro de la estancia, esa persona era…
— ¡Eve!
Fue corriendo hasta ella y la cogió del rostro, alguien la había amordazado con cinta aislante y estaba inconsciente. No tenía buen aspecto.
— ¡Eve, despierta! —la llamaba dándole golpecitos en la cara para hacerla despertar. No reaccionaba, su amiga no despertaba—. Tengo que sacarte de aquí.
Se agachó para intentar desatarle las piernas, preocupada por el estado de su amiga. Aferró los nudos con ambas manos e intentó soltarlos, tirando de ellos con toda la fuerza que podía, pero no pudo seguir mucho tiempo.
De repente una mano la sujetó por la espalda y otra le tapó la boca, Ashley trató de soltarse asustada y se debatió para escapar de ese peligroso abrazo. Sintió un pinchazo en la espalda, poco después comenzó a sentirse cansada y como su mente se nublaba. Sus fuerzas la abandonaban y sus ojos comenzaban a cerrarse, su captor la soltó y ella cayó al suelo de espaldas. Lo último que pudo escuchar fue una risa nerviosa.

martes, 7 de febrero de 2017

Poesía - Deseo de muerte

En polvo, sombra y silencio
calladita se quedó la cuna
clavadita se quedó la tristeza
sobre mármol, cuarzo y piedra de luna.

Soplos de pesada suciedad
como plásticos en brasas
llenaron de gris las entrañas
y éstas devoraron los sueños.

Sentir, pecado de dioses.
Creer en la venidera suerte
de negro y plata filosa,
de capa solitaria y medrosa
deber y deseo, mi niña.

Ayer fue hoy
y hoy será mañana,
con su variante: presente, para el pasado y futuro.
Darán los primeros rayos de luz a la violeta pared
y los últimos de leche caerán sobre un rostro apagado.

¿De qué mundo vino ese quejido helado?
Se escuchó ayer y se escuchará mañana...
La suerte se despojó de su túnica opiácea
los lamentos susurran risas
y cualquier sonido es mudo.

Las melifluas cancioncillas de noche
arrebatan la inocencia del bosque.
Cuán quedo enmudeció la lira,
cuán ligero pasó la desdicha.

Sentir, pecado de dioses.
Creer en la venidera suerte
de negro y plata filosa,
de capa solitaria y medrosa
deber y deseo, mi niña.

viernes, 3 de febrero de 2017

Relato - Acoprox el Nauseabundo

Ximenus el Indolente, noble caballero de la orden de la Espalda Chepada, blandía su maza de guerra toallitia contra aquel engendro. Solo él podría salvar Letrinia.
Letrinia era un reino antaño próspero, sus campos fértiles, las cosechas abundantes y el ganado cuantioso, pero con la llegada a dichas tierras del infame hechicero Acoprox, conocido como el Nauseabundo, la desesperación más absoluta se apoderó de aquel feudo.
Su aparición fue latente: primero, un viento hediondo, conocido por los aldeanos como Flato, resultó ser ponzoñoso para el ganado, causando grandes pérdidas en este.
Poco después, al Flato le siguió la llamada caída del Cielo, una lluvia acompañada de fragmentos de algún material que parecían no formar parte del mundo conocido, y que al caer en los campos, los convertía en eriales.
Pero fue con la llegada del impío mago cuando los peores presagios de los aldeanos se confirmaron. Su aparición vino acompañada de la Peste, una extraña enfermedad que comenzó a diezmar al campesinado.
El rey Pulcro I, conocido por su amado pueblo como el Impecable, desolado al ver tan dantesca situación, hizo venir a los más selectos magos de diversos reinos con el fin de encontrar una solución a su funesto problema, y fue gracias a Scobilius el Magnánimo, mago y consejero privado del rey del lejano reino de Retretia, que pudo encontrarse una solución.
Scobilius declaró haber leído en antiguos códices sobre ciertas criaturas denominadas en estos residua, bestias parásitas con capacidad metamórfica y de crear enfermedades, hediondas e inmortales, cuya única posibilidad de victoria era encerrándolas en una prisión eterna hecha de esencia pura.
Para ello, se acordó el sacrificio de trece toallitias enfermas, sacerdotisas de la religión papelista, doctrina en auge en aquellos momentos y dedicada al culto del dios Papelius, siendo el reino de Letrinia uno de ellos.
Una vez realizada la santa ofrenda a los dioses y obtenida la esencia, se forjó el llamado Abismo de la Sentina, presidio en el que el abyecto permaneció enclaustrado durante cincuenta años.
Por fin, después de un largo tiempo sumidos en aquella perniciosa vorágine, aquella aciaga tierra pareció recobrar la antaña fortuna anteriormente arrebatada. Poco a poco, los eriales fueron dando paso a verdes y fértiles praderas, la prosperidad favoreció a que pronto incontables reses volvieran a inundar los verdes pastos, y con todo esto, la población, antes diezmada a menos de la mitad, comenzó a crecer de forma desmesurada. Incluso otros reinos buscaban enlaces con el territorio letrinesco, dando lugar al enlace del primogénito del rey Pulcro, Atildado II el Fragante con Incólume la Perfumada, princesa del reino de Sanitaria.
Eran tiempos de bonanza para aquella región. Hasta que un día, a Pattus, hechicero mayor de Letrinia y consejero privado del rey, le fue encargada la ardua tarea de reforzar los sellos mágicos que sostenían el Abismo de la Sentina.
Una vez allí, una voz aterciopelada se instaló en su cabeza:
«Oh, Pattus, noble hechicero de la corte de Letrinia, tú que eres clemente con los oprimidos, te ruego me liberes de esta lacerante prisión que tanto turba esta alma menesterosa» imploró la voz.
Una desbordante misericordia comenzó a apoderarse de Pattus. En aquel momento, Pattus se acordó del consejo de su amado rey: «Pattus, esa bestia primigenia que habita en las profundidades de este castillo es muy astuta, no escuches sus palabras. ¡Se servirá de la lisonja y de tu carácter compasivo para salir de su cautiverio! »
¡Atrás, bestia inmunda! ¡Ya me advirtió mi rey de tus viperinas y perniciosas palabras, que solo traen desdicha y perdición a aquel que cede ante ellas! ¡Aquí permanecerás hasta el final de los tiempos! —inquirió Pattus.
Al oír estas palabras, aquella seductora voz dio paso a una escalofriante carcajada y a una lóbrega voz que le heló hasta el tuétano de los huesos.
« ¡Ya es tarde, mortal! ¡Ahora eres mi títere! Abrirás esta prisión y me dejarás libre. ¡Prepárate para dejar este mundo!»
De repente, una fuerza invisible se adueñó del cuerpo de Pattus. Ofreció una resistencia encarnizada, pero al final acabó sucumbiendo ante la cautivadora voz. La vida del desdichado individuo fue apagándose, hasta convertirse en un ser inerte.
La bestia había sido liberada. La desesperanza colmaba el reino de Letrinia, sumido en el caos. Las calles eran un reguero de pestilencia y muerte, los cadáveres se aglutinaban. Los infelices aldeanos intentaban escapar del mal que se regía en el feudo, algunos incluso arrojándose de los puentes.
El rey, al ver esta situación, fue preso de un abismal temor. Otra vez su amado pueblo se veía amenazado por aquella abominación. Una profunda aflicción se apoderó de él. Cincuenta años antes, aconsejado por Scobilius, mandó forjar una maza con la misma esencia con la que se construyó El Abismo de la Sentina, pero su avanzada edad le impedía hacer frente al infame Acoprox.
Mandó reunir a los caballeros de la orden de la Espalda Chepada, orden de la que había formado parte en su juventud, y allí le encomendó a Ximenus el Indolente la difícil tarea de volver a enclaustar a la bestia y le ofreció la maza de guerra toallitia, sin ella sería imposible llevar a cabo tan ardua tarea.
No la encontró muy lejos de las mazmorras. Debido a la envergadura de esta, el avance era lento y tortuoso, que facilitó las acometidas del templado caballero.
Ximenus blandió la maza contra la bestia, que adoptó una forma de menor tamaño para poder hacer frente a los envites del noble guerrero, ya que solo podía defenderse de estos.
Confiado por su superioridad en la lucha, Ximenus comenzó a arremeter contra el engendro con mayor violencia, y en un descuido, Acoprox lo desarmó.
De repente, aquel engendro adoptó su verdadera forma, una enorme masa amorfa marrón que no paraba de reír.
            —Te has confiado mortal, y ello te costará la vida —señaló Acoprox.
En aquel momento, Ximenus pudo vislumbrar que el portón del Abismo no había sido cerrado, y con un último envite, aprovechó para empujar al maligno contra la prisión y cerrar la puerta, pero Acroprox en un último segundo lo tomó contra su pecho, quedando encerrados ambos para toda la eternidad.